Mueren mantarrayas en costa de Alvarado tras derrame de chapopote

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  • En las manos de un niño de apenas nueve años, un trozo de este «chapo» resalta con un contraste cruel. La piel pequeña, manchada de arena y residuos negros, sostiene el testimonio directo de un ecosistema herido.

 

En la comunidad Las Barrancas, municipio de Alvarado, en la zona costera central del estado de Veracruz, lo que las olas traen a la orilla no es solo espuma salina, sino el rastro negro y viscoso de una tragedia que el Golfo de México ya no puede ocultar: el chapopote, lo que, según pescadores, ha provocado la muerte de al menos dos mantarrayas en los últimos días.

Al caminar por la playa, el primer golpe de realidad es visual. Entre los troncos de árboles muertos, arrastrados por la erosión y el oleaje, se esconden residuos de basura y plásticos que delatan la presencia humana.

Pero el verdadero enemigo es más pegajoso. Sobre la arena húmeda, se observan manchas oscuras, pedazos de hidrocarburo solidificado que parecen rocas, pero que al tacto revelan su naturaleza tóxica.

En las manos de un niño de apenas nueve años, un trozo de este «chapo» resalta con un contraste cruel. La piel pequeña, manchada de arena y residuos negros, sostiene el testimonio directo de un ecosistema herido.

“Hay en toda la playa», dice el pequeño, mientras los adultos a su alrededor intentan limpiar lo que parece imposible de borrar. Los pescadores han hecho faena para retirar los residuos tóxicos pero el mar los sigue llevando a la orilla.

El símbolo más trágico de este derrame yace inerte sobre la arena. Una mantarraya de manchas blancas (una raya águila) descansa donde no debería estar. Su cuerpo, diseñado para planear con elegancia por las corrientes marinas, es ahora una escultura de piel fría y rígida.

En un intento desesperado por devolverle la esperanza de encontrar un soplo de vida, una mano vierte agua sobre ella desde una cubeta azul. El agua solo sirve para resaltar el brillo de sus manchas sobre el fondo grisáceo del animal que ya no respira.

A pocos metros, los pescadores locales continúan con su faena, observando con resignación cómo la misma fuente de su sustento se convierte en un cementerio, lo que atribuyen al derrame de hidrocarburo, reportado a principios de marzo, que sigue llegando a las costas veracruzanas.

Más adelante, la escena se vuelve aún más lúgubre. Otra raya, ya consumida por el sol y el tiempo, se confunde con la textura de la arena. Su cuerpo está cubierto de sedimento y restos orgánicos, como si la playa intentara enterrar rápidamente la evidencia de un crimen ambiental que sigue activo.

El olor a salitre se mezcla con el aroma penetrante del petróleo, recordando que el desastre en el Golfo sigue llegando a las costas, ola tras ola, a pesar de que la versión de las autoridades es que las playas veracruzanas están libres de chapopote.

Las Barrancas no solo está perdiendo a sus mantarrayas; está perdiendo su futuro. Mientras el chapopote siga manchando las manos de sus niños y el lomo de sus especies marinas, la costa central de Veracruz seguirá siendo el mudo testigo de una marea negra que parece no tener fin.