Por Pilar Ramírez
La salida del trabajo resulta siempre un poco engorrosa debido a que una misma zona alberga una secretaría estatal y la estación radiodifusora del gobierno veracruzano; abandonar las instalaciones se vuelve un pequeño infierno debido al número de automóviles. Existen dos puertas de salida hacia una de las principales avenidas de Xalapa, las salidas están divididas, si acaso, por doce o quince metros. Una de las salidas está más retirada del flujo natural que siguen los autos al salir, pero en ocasiones, por razones extrañas, en la salida más alejada se vuelve más ágil la integración al flujo vehicular de la calle. Nada asegura que la elección de una u otra haga más rápida la salida, es cuestión de suerte. De hecho, la lógica aconsejaría continuar por la salida más cercana, pues los que salen por la otra deben necesariamente pasar de nueva cuenta por la primera salida.
Hace un par de semanas decidí ir por el camino largo y, para mi suerte, logré salir muy rápido, lo cual siempre agradezco pues en esa hora quiero volar para llegar a tiempo para recoger en la escuela al benjamín de la familia. Al dar vuelta en la primera calle para dirigirme a mi destino pude ver que por lo menos dos autos atrás estaba la camioneta que iba delante de mí cuando hacía la fila antes de tomar el camino largo. Es decir, que gané por lo menos dos o tres turnos cuando opté por el camino largo.
Apenas había reparado en eso cuando vi los esfuerzos desesperados del conductor por alcanzarme. Para seguir mi ruta todavía dí una vuelta más y la camioneta seguía cambiando de carril intentando rebasarme. No es la primera vez que me sucede, y supongo que les ocurre a muchas mujeres, que los hombres se sienten ofendidos cuando una mujer los rebasa o les gana el paso, no por una intención específica sino que al maniobrar hay momentos en que un conductor gana el paso a otro y porque todo mundo quiere siempre pasar primero. Este fue el caso. Desconozco absolutamente al conductor y seguramente él a mí, pero en el preciso instante en que pude salir de la maraña vehicular antes que él, me convertí en una especie de contrincante. Por lo menos durante cinco kilómetros fue intentando ganarme el paso. Sólo estuvo en una ocasión delante de mí pero lo rebasé, esta vez no por suerte, sino que al darme cuenta que su intención era rebasarme yo también aceleré. Como unas carreritas entre géneros. Decidí que no iba a desperdiciar la fama que tienen los conductores del Estado de México, pues de allí son todavía las placas que tiene mi auto.
Nunca siquiera cruzamos la vista. No era necesario, una mujer le había ganado y eso no lo iba a permitir. En una avenida principal, que es al mismo tiempo el camino que conduce a la salida de la ciudad, circulan muchos vehículos pesados y se avanza según la hora, pero lograr hacerlo dejando atrás a otros deliberadamente sólo es cuestión de suerte. En esta ocasión, el otro conductor no logró rebasarme hasta el punto en que abandoné esa vía. No siempre me pasa así, a veces me ganan, y he logrado ver un dejo de satisfacción cuando los hombres sienten su hombría restaurada al dejarme atrás. Como si el universo tomara de nuevo su lugar cuando son ellos los que mandan al volante.
Esta pequeña disputa citadina se repite a menudo. Muchos varones creen tener la titularidad de la conducción de vehículos, como si las mujeres fuesen arribistas si se colocan frente a un volante. Tal parece que para manejar un auto en lugar de una licencia de conductor se requiere ser intrépido, sagaz, valiente, saber “torear” a los otros autos, tener “buen ojo” para rebasar por un escaso par de centímetros, “echar lámina” como dicen, para amedrentar al de junto y con este engaño pasar primero. Esto, según muchos, es lo que hace a un buen conductor. Por eso, cuando es una mujer la que gana el paso a un hombre no sólo se irritan porque en esta competencia diaria fue el otro el que les ganó, sino por el hecho de que sea una mujer, a quien consideran inferior en estos menesteres.
Sucede algo muy parecido con la política, tarea para la cual todavía muchos hombres creen ser los poseedores del “colmillo”, la “intuición” y la “madera de negociadores” que según ellos se necesita. Por eso es que todavía hay quienes se resisten a que las mujeres compitan en igualdad de circunstancias por los cargos de elección popular. Para muestra, la impugnación que presentaron el PRD, el PAN y el Partido Socialdemócrata en Morelos al acuerdo de la autoridad electoral para que la integración de planillas con paridad de género. El Tribunal Electoral desechó el recurso presentado, y a pesar de eso, el dirigente estatal del PRD, José Luis Correa, anunció que impugnará la resolución. Las militantes perredistas le han exigido a Correa desistirse de la impugnación porque esa medida exhibe al partido como retrógrada. Por lo pronto, las mujeres morelenses ya saben a qué atenerse en materia de género si votan por candidatos perredistas, pues los hombres perredistas, y entre ellos los posibles beneficiarios de las candidaturas, han guardado un silencio cómplice y vergonzoso frente a las declaraciones de su dirigente. Así va el mundo.
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Tacón alto. En un ámbito de noticias más gratas, el próximo 27 de febrero, a las doce horas, en el Colegio de Veracruz, se presentará en la ciudad de Xalapa el libro Evaluando las políticas públicas, una coedición de la Secretaría de Educación de Veracruz y del Colegio de Veracruz. La Coordinación de Difusión de la SEV que dirige Andrés Valdivia ha realizado un esfuerzo elogiable en materia de publicaciones; ha sumado esfuerzos con otras instituciones para hacer coediciones y no cancelar la edición de libros con el pretexto de que no hay recursos. Un oasis en el desierto.
ramirezmorales.pilar@gmail.com

