Di – lemas
Están comenzando las campañas electorales; en esta primera fase, en que no concluye todavía el proceso de selección de candidatos, la guerra de spots que vemos en la televisión se dirige a la promoción partidista.
Los ciudadanos ya estamos siendo acribillados ―y hay que subrayar que sólo es el inicio― por los anuncios de los partidos que quieren ganar nuestro voto. ¡Y para empeorar la situación de las audiencias, son diez los dichosos partidos!
Eso quiere decir que al menos diez empresas de publicidad o de marketing político, aunque a veces es más de una por campaña, están poniendo en práctica estrategias de comunicación para ganar una elección o para asegurar un cierto porcentaje de votos a los partidos.
Yo veo los anuncios, spots para estar más a tono con la jerga publicitaria, y me preguntó si en verdad esos mensajes tendrán la capacidad de impulsar a un ciudadano a emitir su voto por el partido de que se trate.
En primer lugar, lo que tiene que hacer el pobre espectador es estar muy atento para discernir de qué partido se trata en cada anuncio, porque los encargados de la continuidad televisiva tienen a bien recetárnoslos como un chorizo, aderezado de uno que otro anuncio del INE. No bien termina la perorata del joven pelirrojo cuando ya estamos viendo a un maestro muy feliz porque sí pasó el examen, como si un actor que está muy lejos de sentir la frustración de los que no alcanzan plaza nos pudiera convencer de que la reforma educativa fue benéfica para la educación, ni que fuera Clooney, Pitt o de Niro, porque a ellos les creo hasta la versión de la PGR en el caso de los muchachos normalistas.
Después vienen los que sí cumplen y me digo que está muy bien que ya no haya animales en los circos, pero también me hacen pensar que para ser congruentes tendríamos que volvernos vegetarianos, pues se nota a leguas que nunca han ido a un rastro de ciudad chica o incluso a las casas donde matan a los animales en lugares donde no hay rastro, porque allí verían las condiciones en que las aves y los mamíferos pierden la vida para que nosotros la mantengamos. Y respecto a la cuotas, sólo puedo pensar en que ni los militantes, ni los legisladores y menos que menos los creativos de comunicación política tienen hijos en escuelas públicas, porque allí se ríen a carcajadas de su ley sobre las cuotas escolares que se cobran y requetecobran, respaldadas además por la ley de Educación. O bien el discurso oscuro de lo que se repite y lo que no, lo que es lo distinto pero es igual.
La mayoría de los anuncios no derrochan creatividad y, en parte, no los culpo. La política en general y particularmente la electoral es algo difícil de digerir para la mayoría de los ciudadanos, pero no por falta de entendimiento sino porque los fracasos, la marrullería, las promesas incumplidas y la situación lamentable en la que está sumido nuestro país nos han endurecido la piel y los oídos, nos han hecho repeler el discurso de todos los políticos, no les creemos y los consideramos un submundo que no conoce la decencia. Así las cosas debe ser muy difícil encontrar un lenguaje verosímil y un mensaje aceptable que se pueda estructurar en 20 o 30 segundos.
La situación es quizá un poco menos complicada para los partidos que no son o no han sido gobierno, porque pueden recurrir, desde una postura de oposición, a la idea del cambio. A veces les será suficiente con ser críticos de los gobiernos de distintos colores; al fin que motivos para criticarlos, sin ninguna duda, sobran.
En cambio, ¿qué nos pueden decir quienes ya escalaron al Olimpo y no supieron qué hacer con su investidura de dioses? Estos partidos tienen un serio problema para convencer a la ciudadanía de que la pueden representar. Allí están los maestros, los estudiantes, los extrabajadores del sindicato de electricistas, los normalistas de Ayotzinapa, los docentes que no alcanzaron una plaza porque los reprobó el mismo sistema que los formó, los excesos de una pareja presidencial que se pasó seis años embelesada en su novela rosa mientras su familia hacía negocios, y luego otros seis que nos pasamos contando muertos y decapitados, para continuar con la pérdida de la cuenta porque ahora es mejor no hablar de ello, los alcaldes indecentemente enriquecidos o coludidos con el crimen frente a una mayoría siniestramente sumida en la miseria o los padres que se ponen a temblar si sus hijos mencionan que quieren ser periodistas porque es más riesgoso que entrenarse para el Cirque du Soleil. ¿Qué se le puede decir a esa población en 20 segundos para convencerla? ¿De verdad se puede tener un lema que diga algo inteligente y gane calle? ¿Que convenza a los indecisos a optar por un color?
Lo anterior, en el caso de que los aludidos sean los ciudadanos. Pero cuando vemos mensajes que van dirigidos a los oponentes y se convierten en una conversación a la que no está convidado el ciudadano común, resulta peor. Es allí cuando los ciudadanía se puede preguntar: ¿Será cierto que trabajan por lo que más queremos?, ¿Qué nadie nos debe decir que no se puede?, ¿Por qué no se aplica el derecho de réplica para preguntarles por qué entonces ellos no pudieron?, ¿En verdad quieren ser nuestra voz cuando estaban tan empeñados en que se nos olvidara quién gobernaba cuando ocurrió el lamentable caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa? Esos no son lemas, sino verdaderos di-lemas.
ramirezmorales.pilar@gmail.com

