A 20 años de la muerte del autor de La Habana para un infante difunto
“Lo malo de ser cubano es que, en cuanto uno habla en serio, suena a la letra de un bolero conocido”, solía decir Guillermo Cabrera Infante en un intento de poetizar el dolor, el amor y la nostalgia. Sus sentimientos, pues. Al autor de Vista al amanecer en el trópico (Miami, Ediciones Universal, 1974, y en la que a decir de Rafael Rojas –Letras libres, septiembre, 2004— “narraba el devenir cubano como tragedia de una comunidad destinada por la providencia a vivir perpetuamente bajo la maldición de la crueldad y el fratricidio, de la violencia y el despojo”) le dolió Cuba toda la vida. Cargó con el síndrome de Ulises durante casi medio siglo. “Es la nostalgia, esa puta del recuerdo”, solía decir al rememorar su isla tan íntima y lejana, de donde salió en 1965 y enterró su corazón, hasta que dejó de latir la tarde de un lunes frío de febrero de hace 20 años en un pulcro hospital de un lujoso barrio de Londres, la ciudad más anticaribeña del mundo en la que encontró refugio para su exilio y donde su inseparable compañera, la actriz Miriam Gómez, le decoró el departamento como una isla barroca y festiva para hacerlo sentir cerca de su entrañable Cuba. “Habría que deslizarse para la muerte”, decía y, como Cervantes y acaso su Martí mártir, como le llamaba al prócer cubano, pensaba: “¿Qué es morir sino una forma de organizarse?”. Pero Cuba le dolía más que la muerte. Cuando Blanca Cecilia Treviño le preguntó (Mural, 2003) si soñaba con Cuba, él respondió: “Si entendemos por sueños lo que uno sueña dormido, han sido más bien pesadillas recurrentes que otra cosa. Lo que pasa con Cuba es que les ha caído esta desgracia encima y lleva casi medio siglo, les ha caído prácticamente del cielo porque eso no fue nunca lo que se pretendió que Fidel Castro iba a ser y fue derivando en asuntos de barbarismo que ahora es la única ideología. Ya no hablan de Marx. Ya no lo mencionan para nada, ya se acabó el marxismo, ahora recurren a José Martí, que era el más demócrata de los hombres, no pueden manejarlo mucho porque se tropiezan enseguida con su democratismo”. Sin embargo, su añoranza por Cuba era tan grande como su rechazo a su pronto regreso a la isla. Unas son las ganas y otra es la necesidad, expresaba, los escritores no somos necesarios, somos una especie de lujo. Su justificación era “la dictadura de Fidel Castro”, con quien colaboró al principio de la Revolución Cubana y quien a la postre se convertiría en el causante de su desdichado exilio y, por ende, en su enemigo número uno presto a atacar en cualquier momento, cualquier lugar y por cualquier motivo. Para el autor de La Habana para un infante difunto, que los escritores, además de ser un lujo, juegan un papel importante en el desarrollo de un país, era una realidad pero sólo con respecto a la opinión pública y otra muy diferente para la reconstrucción de un país: “Cuba está realmente hecha pedazos, la economía no existe, existen subterfugios económicos. Por ejemplo, ha habido una destrucción de la industria azucarera por falta de gente que vaya a trabajar ahí y que pudiera reconstruir el país y que se lo impide la voluntad de un solo hombre. No creo que hagan falta más escritores que los que hay. Lo que quisiera es que hubiera menos escritores”. Descreía de los cambios en Cuba mientras su máximo líder permaneciera en el poder y la idea de un fidelismo sin Castro le parecía perfectamente ridícula, en el sentido de que se tratará de hacer una sustitución y que Fidel fuese una figura que lo mira todo desde arriba, como un dios griego: “Lo que le aterra es que le suspendan la ayuda económica que manda la gente desde el exilio. Es una de las prerrogativas que tiene el gobierno de Estados Unidos, ya que es la mayor entrada que tienen, porque las otras son de las pobres jineteras y de los pobres criados que tienen los españoles ahí, y la venta de tabaco y azúcar es muy inferior al dinero que reciben de Estados Unidos, son casi mil millones de dólares anuales por concepto de las remisiones de los parientes de cubanos”, declaró a Reforma dos años antes de su muerte. Fidel Castro, a quien el autor de Así en la paz como en la guerra definía como un déspota que se arroga todos los máximos papeles de líder, guía moral y orador, sólo cree en la política del escarmiento: al revés de la justicia ordinaria, todos los cubanos inocentes tienen su condena al vivir bajo su régimen. Todos los días alguien comete un crimen. Eso, afirmaba, pasa al vivir bajo el régimen de un hombre que grita ‘¡Patria o muerte!’ a la menor provocación y “Castro mismo determina quién vive en la patria y a quién le da muerte”. El lema atroz, decía Cabrera Infante, debe ser modificado por ‘¡Patraña y muerte!’ y por eso, solía decir, “de la isla del Dr. Castro hay que huir tan lejos como se pueda”. Aseguraba que haber huido en 1965 y mantener su exilio le salvó la vida, si no habría estado preso hace décadas o estaría muerto y no habría escrito sus libros o serían prohibidos, los cuales se intercambian por latas de leche condensada: “Uno de sus miñones –contaba–, llamado Roberto Fernández alias Retamar, dijo en la televisión estadounidense que no se me publicaría en Cuba hasta que yo estuviera muerto. Y entonces se vería. Es lo que ha pasado con Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo y Gastón Baquero. Todos sus libros han estado prohibidos en Cuba y ahora que están muertos sus autores, los reclaman como del dominio público. Es una práctica aprendida de la Unión Soviética, pero como son fieles practicantes del poder, la mantienen todavía en Cuba. Pero todo –los fusilamientos, las cárceles, los libros censurados y las vidas perdidas– se remite al día que muera Fidel Castro y sus miñones emprendan la huida. Este día está más cercano cada día”, decía hace un cuarto de siglo. Sobre los cambios de actitud en aquel entonces ante el régimen de Castro de algunos intelectuales como Saramago, Grass y Tabucchi, señalaba que no todo el mundo quiere ser cómplice eterno de un tirano. Y completaba: “Habrá más desafectos en la medida que Castro se quite la máscara y se muestre como un tirano más, es decir, un tirano troglodita puesto al día. Hay expertos en tiranos, como Naomi Campbell, que sabe que no es lo mismo un tirano de moda que un tirano a la moda. Sospecho que cuando habló con Castro no hablaron del tamaño de las faldas o de usar o no usar sostén. Spielberg o Stone habrían hablado de la verdad como ficción o del tamaño de la barba o de tinte para el cabello canoso, porque ellos también están al día. Ahora me acabo de enterar que Stone ha hecho un documental sobre Castro. Stone ha creado el natural-born killer. Castro es el perfecto sujeto para Stone, es decir, el criminal nato. Recuerdo las visitas que recibían Hitler o Stalin, en que gente más enterada de la política que los directores de Hollywood, como Bernard Shaw o H. G. Wells, salían mesmerizados al hablar con los tiranos del día”. A decir del autor de Mea Cuba, los escritores cubanos perseguidos tenían entonces un denominador común: Fidel Castro. Heberto Padilla murió en el exilio, Norberto Fuentes ha aportado al caso su libro Dulces guerreros cubanos y Raúl Rivero estaba preso: “Seguramente Fidel Castro lo cambiaría por sus presos en Estados Unidos o, como hizo antes, los regalaría a un visitante del momento, como Jesse Jackson o Manuel Fraga. Antes en Cuba se recibían a los visitantes eminentes con una caja de habanos. Ahora se les dan presos. Después de todo, Castro los produce como si fueran Cohibas. Pero el tirano va de capa caída. Ya ninguna razón le concede créditos, y el país está en la miseria absoluta. Su amigo Sadam Hussein ha caído ahora y Castro se ha asustado al ver caer al hombre con quien compartía, hasta hace poco, hasta el mismo médico. Pero los que me preocupan más son los presos sin nombre, ese es el Hombre Nuevo que quería el Che Guevara. Las cárceles cubanas están llenas de ellos y el corredor de la muerte lo recorren desconocidos fuera de Cuba”.
Cabrera Infante respiraba por la herida
Cabrera Infante, de quien sus detractores decían que respiraba por la herida, comentaba que Castro era para Hussein el padre de la madre de todas las batallas, es decir, su abuelo en guerra. Entonces, cómo no iba a desear él la desaparición del tirano de Bagdad. Cuando el segundo de Sadam, Tariq Aziz, aseveraba que “todo el mundo estaba con ellos”, el autor de Ella cantaba boleros respondía que nadie más que “unos escritores latinoamericanos profesionales”, sin mencionar los nombres de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, que nunca renunciaron a su retiro estadounidense y cuando les dolía un callo corrían a Estados Unidos a ponerse en manos de los médicos del país del norte. Cabrera Infante renegaba del boom latinoamericano –Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes, entre otros– porque decía que “era una institución creada en Londres a semejanza de los clubes de caballeros”, y expresaba que él empezó a escribir gracias al Nobel Miguel Ángel Asturias: “Leí fragmentos de El señor Presidente y llegué a la conclusión que si eso era literatura, yo podía hacer lo mismo. Y ese fue el comienzo realmente: un acto de parodia de la atención desmedida que se prestó a cierto folclorismo guatemalteco en la novela de Asturias”. A la pregunta de si le molestaría que su nombre estuviera junto al de Alejo Carpentier y Nicolás Guillen en los libros de historia de la literatura cubana, Cabrera Infante respondía que en absoluto: “Los dos son escritores cubanos. Nativo uno, adoptivo el otro. Algún día se verá que a Nicolás Guillén le hizo un daño irreparable hacerse comunista. Hasta entonces había sido un poeta de vuelo popular. A partir de entonces fue un escritor al servicio del sistema de Castro. Carpentier en sus últimos años, no sólo era un funcionario acomodaticio del gobierno castrista, sino que en sus últimas novelas se hizo un oportunista literario. Pero sus primeras novelas hasta El siglo de las luces, a pesar del lenguaje elitista y rancio, son obras maestras, sobre todo Los pasos perdidos”. Y es que parecía que hablar del boom era hablar de sus enemigos y de sus heridas. Al comentar sobre la existencia de una camada de escritores representativos de América Latina como unidad literaria, recordaba que “camada”, según el Diccionario de la Lengua Española, quiere decir “cuadrilla de ladrones o de pícaros”. Si se refiere a generaciones literarias, decía, éstas van y vienen, pero la literatura siempre permanece, “por otro lado, no soy un ciudadano de América Latina porque ese continente no tiene contenido. Es, como Erehwon, el anagrama de Nowhere, o como utopía, ambos conceptos inventados en Inglaterra, que literalmente nombran el lugar que no existe. América Latina no ha existido nunca. Se trata de un continente (y medio) donde no se hablan solamente lenguas romances, como en las regiones de América donde se habla guaraní, quechua y hasta papiamento. Este desdichado mote, Latinoamérica, sólo crea confusión, ignorancia y racismo. Las pretensiones de ser latinoamericano y latino en Estados Unidos corren parejas con la usurpación de identidad”. Cabrera Infante guardaba esos recuerdos sin esconder sus afecciones o rencores y culpaba a “la puta del recuerdo”: la memoria es todo, decía. Sin la memoria no hay nada. La nostalgia está hecha de memoria, la lectura está hecha de memoria y, por supuesto, el recuerdo está hecho de memoria. Es imposible moverse en cualquier dirección literaria sin contar con la memoria. El mismo fenómeno de leer una línea: si no se tiene memoria al final y no recuerdas lo que ha venido antes, no se ha leído nada. Así se lo expresó a Jacobo Machover en el libro El heraldo de las malas noticias (1996). Y le dijo más: “Ahora vivo con el reproche de haber tenido razón alguna vez. Lo que yo dije y publiqué en el año 68 — su posición contraria respecto a la evolución de la Revolución Cubana y causa de su ostracismo– es lo que se ha visto con el régimen de Castro. Claro, para alguna gente, eso era verdaderamente anatema porque yo era el heraldo que venía con malas noticias que luego se convirtieron en realidad”. Llegado de la provincia oriental de Gibara, donde nació en 1929, el gran descubrimiento de la vida de Guillermo Cabrera Infante fue La Habana, equivalente al Dublín de Joyce. No sólo descubrió la ciudad, sino un cosmos, un habitat y un mundo particular. Era la explosión de los sentidos. Todo eso lo recordó toda su vida y nunca pensó que lo iba a recordar tanto. Por eso lo que escribió eran autobiografías en forma de ficción. La única condición que ponía para regresar a La Habana era que no existiera Fidel Castro: “Me preguntan a menudo si volveré con la frente marchita y siempre contesto que no en el primer avión. Lo único cierto es que llevo viviendo casi medio siglo en Londres y es probable que pueda cambiar de dirección pero no de sentido. Esa es una ley de la física y he aprendido que la física es más importante que la metafísica. Los chinos creen en el dragón aún en sus diversas versiones. Además, declaran que lo más peligroso del dragón es su cola. Volvería a Cuba desaparecido el dragón, muerto aun de muerte natural. Pero no en el primer avión”. Se enteraba de Cuba a través de todos los noticieros de televisión menos por CNN porque, a decir del autor de Vista del amanecer en el trópico, parece ser la televisión privada de Castro. Eso, argüía, porque su otrora propietario el hillbilly Ted Turner iba a cazar patos a Cuba y Fidel lo acompañaba y hacía que un helicóptero de sus fuerzas aéreas espantara a los patos en dirección de la escopeta de Ted. Afortunadamente el cazador con asistencia castrista perdió su poder, se congratulaba, y contaba que uno de sus locutores, que tiene el ridículo nombre de Bernard Shaw, fue a entrevistar a Castro y ese locutor, que es negro, nunca le preguntó acerca de los negros en las cárceles cubanas y le permitía a Castro llamarlo Bernie. Jamás le hizo una pregunta que moviera o conmoviera al dictador cubano: “Todo quedaba en familia: la familia CNN”. El Premio Cervantes 1997 dejó inconclusa una novela que llamaría La ninfa inconstante y que fu publicada en 2008, en la cual narra una historia de amor más allá del recuerdo. Sin embargo, a Cabrera Infante siempre se le recordará, según sus propias palabras, como un escritor exiliado que perdió su lector natural, el lector cubano sometido a presiones, no sólo políticas sino vitales y lingüísticas, para quienes sus libros son una conexión con el pasado que es presente y no sujetos de la nostalgia, que es la prisión de la memoria. “Espero –decía–, como ocurrió con Martí y Cirilo Villaverde, que mis libros se puedan leer en Cuba libre un día sin zozobras, como comprarlos en bolsa negra o leerlos con los agentes de Seguridad del Estado ahí, mirando por encima del hombro, leyendo sin mover los labios”. Al autor de Arcadia todas las noches también se le recordará como un amante del cine (“los sueños que sueñan otros para nosotros”, como lo definía), adversario de Godard y Fassbinder y admirador de Hitchcock. Su película favorita era El ciudadano Kane, de Orson Welles. El guión de Punto de fuga lo convirtió en el primer escritor latinoamericano que llegó a Hollywood. Una vez instalado en Londres, en donde adoptó la nacionalidad inglesa, trabajó como guionista y crítico cinematográfico. Quizá su adaptación más recordada sea la novela Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, llevada a la pantalla por John Huston. Por eso, cuando quería interrumpir una entrevista recurría al cine y citaba a Greta Garbo: “Tengo ganas de decir quiero estar solo”. Pero al mismo tiempo pensaba como el narrador de Tres tristes tigres, él mismo, Guillermo Cabrera Infante, a quien mató la nostalgia un 21 de febrero de hace dos décadas: “Lo que más odio es el olvido”.

