La felicidad de un pensionado

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  • El paraíso prometido de un jubilado está en que tienda la cama, barra y pase jerga en la casa y aprenda a cocinar

  • Así, mientras su pareja anda en la tertulia todos los días, él cuida el hogar y está pendiente de las llamadas telefónicas

 

LUIS_VELAZQUEZJorge Arias, uno más del millón de seniles de Veracruz, habló a un colega para preguntarle qué hacía el martes en la mañana.

–Aquí, tiendo mi cama.

–En serio, ¿qué haces?

–Tiendo mi cama, pues me he dividido la chamba de la casa. Esta semana me toca barrer las tres recámaras y pasar jerga. Después, haré el arroz y prepararé agua de sabor.

–¿A eso has llegado?

–En la tarde haré tarea con los nietos. Y en la tarde les prepararé la merienda. Mi vida ahora es casera.

Jorge Arias descubrió, entonces, una nueva forma de vivir. Burócrata jubilado con una pensión para vivir, sin preocupaciones; pero sin lujos, sin salir corriendo cada quincena a la casa de empeño; pero sin viajes turísticos, supo el trazo de la vida como lo dice, por ejemplo, Albert Camus: cuando la vida se acerca al final el ser humano trata de recuperar un poco de la dignidad perdida.

Antes, mucho antes, en los años fogosos, lo miraba de la siguiente manera:

De lunes a viernes, vida disoluta. Los fines de semana, vida familiar. Ahora, todos los días, vida hogareña.

Así, y además de entrar a la faena doméstica, habló con la señora y despidieron a la trabajadora doméstica.

–Enséname a guisar.

Y poco a poco fue aprendiendo el arte culinario, básico y fundamental, cuando menos para hacerse de comer en caso necesario, digamos, una enfermedad de su pareja.

Pero al mismo tiempo quiso un plus, un valor agregado a sus días y se iba al invernadero a comprar flores para sembrarlas en el patio de la casa.

Un día, el patio estaba sembrado de las flores más raras y extrañas que él mismo regaba todos los días y hasta les platicaba y les ponía música para un sano y rápido y fuerte y vigoroso crecimiento.

También le dio para ir al mercado a comprar pajaritos que cada mañana los despertaran con sus silbidos entonados y en las tardes sin sol se sentaba en el patio a leer los libros pendientes, con los pajaritos en una jaula a un lado para que también las flores se alegraran.

Por fortuna dejó de mirar televisión. Si desde años atrás había dejado de escuchar los noticieros reduciéndose a películas, ahora ni películas. Es más, obsequió la tele de su cuarto al velador de la vecindad que tan amable era y así vivía para leer novelas, claro; pero también libros de historia sobre los hombres y mujeres que marcaron la vida en el mundo.

Para entonces llevaba unos 70 libros leídos de los escritores rusos, los padres de la literatura mundial, y todavía le faltaban unos 50 que había ido comprando como la niña que colecciona muñecas de trapo y la anciana que colecciona estampitas de la Virgen de Guadalupe.

El año anterior había leído unos cien libros, casi 10 por mes, claro, encerrado en casa, sin llevar vida social, sin la tertulia con los amigos en el café para el pitorreo, y tal cual sentía que los días y las noches en que robaba horas al descanso para seguir leyendo le dejaban la más fascinante de las reconciliaciones consigo mismo.

Ahora, también tendía camas, pasaba jerga en casa y cocinaba.

 

 

LA PANZA ESTÁ CRECIENDO AL PENSIONADO 

Siempre había observado en la trabajadora doméstica de casa que mientras en otros tiempos tendía camas, aseaba la casa y cocinaba… también escuchaba música. Rumba y salsa. Canciones rancheras. Rock.

Pero, además, cantaba y se entonaba como una yegua en el carril disputando el campeonato. Y en otras, chiflaba.

Y cuando enfrente de la casa gritaba en la calle el volovanero trepado en la bicicleta, la compita salía corriendo por su volován que, por supuesto, era a crédito, pues cada viernes al mediodía cobraba a las fámulas en toda la vecindad.

Así, con tal espíritu proletario, Jorge Arias reprodujo la costumbre obrera de la extrabajadora doméstica y mientras chambeaba en casa escuchaba la radio en los programas de salsa y cantaba para que los pajaritos pudieran aprender una nueva tonada y cada vez que el volovanero gritaba en la calle hasta se reunía con las trabajadoras a compartir el pan nuestro de cada día y los chismes.

De paso compraba otro volován, de piña, para la esposa, que poco a poco se tradujo en una enorme y gigantesca panza.

La panza del pensionado que es feliz en los últimos años de la vida.