La crónica de hoy: El Día Internacional de la Mujer

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ALEJANDRO HERNÁNDEZAyer fue, según lo estableció la ONU en 1977, el Día Internacional de la Mujer; día que nos recuerda, a mujeres y hombres, que la igualdad es prioritaria si queremos que nuestra sociedad sea equitativa y más justa para todos. La lucha por la equidad de las mujeres con respecto a los hombres es una batalla sin descanso de la cual nosotros, ni la generación que nos continúa, y tal vez ni la que sigue, veremos el triunfo. Y es que aunque ellas han conquistado espacios y han arrebatado lo que les corresponde por derecho propio en ámbitos como la política, la economía, la educación y el deporte, aún queda mucho por hacer. Las mujeres siguen siendo un grupo social marginado, tanto como lo son los indígenas, los pobres, los niños, etcétera. Esto es terrible porque hay mujeres indígenas, mujeres pobres y niñas, que son, entonces, doblemente marginadas por un sistema que las excluye en automático.

Acabar con esta discriminación es una cuestión de legislación ciertamente, pero también es un asunto de autoconocimiento y de autorespeto por parte de las mujeres mismas. Nadie es más machista, nadie tan dura juez y nadie tan intolerante con las mujeres que han decidido ejercer su derecho a la educación, al trabajo, al libre ejercicio de su sexualidad y a su autonomía económica, que las mismas mujeres. La sociedad y sus costumbres, en la cual estamos imbuidos ambos géneros, es la culpable es cierto, pero hace falta una gran conciencia de tolerancia y respeto para acabar con tales prácticas; más aún cuando las mujeres son las que educan y transmiten valores a hijas e hijos.

Decía yo en alguna otra de mis columnas que las mujeres educan a hijos machistas porque eso es una circunstancia de supervivencia natural. No se me alebresten mujeres, espérenme tantito y oigan, porque hace falta entender el fenómeno desde sus orígenes para poder combatirlo.

Por siglos los machos —varones— han sido los proveedores, los que luchan, los que cazan, etcétera, por tanto, debieron las mujeres —sus madres— criarlos eficazmente para tales prácticas. Si bien es cierto que ya no vivimos en la selva, sí lo hacemos aún bajo las reglas de la misma, en donde sólo el más fuerte sobrevive y por tanto la competitividad en el trabajo, en la escuela, en la política, etcétera, es el nuevo coto de caza en donde los hombres han de establecer su preponderancia. Desde hace algunas décadas, afortunadamente, las circunstancias han empezado a cambiar y las oportunidades para las mujeres han aumentado en los diversos ámbitos sociales, por tal razón son las propias mujeres quienes deben establecer nuevos parámetros de crianza, más igualitarios y con enfoque de género, entre sus hijas e hijos. De una generación a otra, si la cultura y la educación cambian, las condiciones de equidad tenderán a ser mejores por fuerza. El tema es extenso y debatible, pero este asunto de un nuevo enfoque en la educación temprana es un factor a considerar. Un nuevo sistema de valores en donde no haya tareas prejuiciadas para hombres y otras para mujeres, es lo que hay que implementar.

Cooperación y no competencia es lo que nos hace falta, y debemos trabajar juntos por ello.

 

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