¡Huele a gas!
A raíz de las explosiones, primero en el Hospital Materno Infantil, en Cuajimalpa, y después en el populoso barrio de El Dique, en esta ciudad, ambas por consecuencia del mal manejo de gas LP, se ha desatado una verdadera paranoia en Xalapa porque puedan repetirse esas historias en cualquier momento. Y no es para menos, pues como a los dos días de lo ocurrido en El Dique sucedió otro flamazo, de menores consecuencias afortunadamente, en otra popular unidad habitacional: el Fovisste. Luego, por todas partes de la ciudad, ha habido reportes de más fugas, lo que ha alarmado fuertemente a la población.
Y será que como dicen que el que se quema con leche hasta al yogurt le sopla, ahora el menor olorcillo a gas desata la psicosis colectiva. Aunque no todas las alarmas son falsas, pues las medidas de seguridad de las empresas gaseras no son del todo satisfactorias, pues hay muchos cilindros en mal estado y el personal que labora surtiendo los tanques estacionarios no siempre toma las precauciones debidas.
Asimismo, y como muchas veces lo hemos apuntado en Crónica de Xalapa, el peligro de un flamazo o de una explosión de magnitudes trágicas ronda en nuestras calles en la figura de los puestos de los muchos vendedores ambulantes que utilizan gas para sus actividades mercantiles.
Alrededor de los hospitales el peligro es latente, pues decenas de puestos de comida y antojitos están situados en sus inmediaciones, utilizando instalaciones inadecuadas o en mal estado para cocinar. Y esto ocurre en todos los hospitales de la ciudad, tanto en las clínicas del IMSS como en el ISSTE, en el Centro de Especialidades Médicas y el Centro de Cancerología, por la zona del Parque Ecológico Macuiltépetl. De lo que ocurre en este último centro hospitalario, en este periódico hemos dado cuenta de cómo, de haber apenas dos o tres personas vendiendo antojitos con unas canastas, se ha pasado a verdaderas cocinas móviles, con mesas y sillas en las banquetas y, por supuesto, tanques de gas manejados sin las debidas medidas de seguridad. Si no ha habido una desgracia es mera casualidad, pues cada tres o cuatro metros hay un tanque de gas LP parado en la calle.
Del mismo modo ocurre en los tianguis y mercados sobre ruedas que se instalan en diversos puntos de la ciudad, en donde ni personal del Ayuntamiento ni de Protección Civil, tanto municipal como estatal, supervisan si los comerciantes cumplen con las más elementales medidas para el manejo del volátil combustible.
Esperemos que ni el Ayuntamiento ni el Gobierno del Estado estén esperando a que ocurra otra explosión como la acaecida en El Dique, para tomar cartas en el asunto. Aunque hay que reconocer que si ocurre alguna otra desgracia, al menos algunas personas habrán de sacarle partido, como cierta exalcaldesa que, demagógicamente, fue a placearse en medio del dolor ajeno para conseguir levantar su imagen ahora que quiere ser, otra vez, diputada federal. Unos a la pena y otros a la pepena, dice el refrán.
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