- En un estudio interno de Meta con 1,149 adolescentes, los jóvenes con insatisfacción corporal vieron 10.5% de contenido “adyacente a trastornos alimentarios”, frente a 3.3% del resto.
- Las herramientas de detección de contenido sensible sólo identificaron 1.5% del material riesgoso.
- En México, el 41% de las adolescentes reporta haber intentado modificar su cuerpo por presión social o mediática, según la Secretaría de Salud.
Una investigación que pone bajo la lupa el algoritmo
Un informe interno de Meta Platforms revelado por Reuters este lunes 20 de octubre vuelve a encender el debate sobre la influencia de Instagram en la salud mental de los adolescentes.
Según los datos del estudio, los jóvenes que ya se sienten insatisfechos con su cuerpo son expuestos, dentro de la plataforma, a una proporción mucho mayor de contenido vinculado a trastornos alimentarios o estereotipos corporales extremos.
El estudio abarcó a 1,149 adolescentes que usaron Instagram entre 2023 y 2024. De ellos, 223 admitieron sentirse mal con su cuerpo de forma frecuente. Para ese grupo, el contenido calificado como “eating disorder adjacent” (publicaciones que muestran cuerpos extremadamente delgados, dietas extremas o juicios sobre la apariencia) representó 10.5% de lo que vieron en su feed. En cambio, para los demás adolescentes, ese tipo de publicaciones apenas alcanzó 3.3%.
Meta aclara que el estudio no establece una relación de causa y efecto: no afirma que Instagram genere insatisfacción corporal, sino que detecta una correlación.
En palabras de la compañía, los adolescentes vulnerables podrían interactuar con más contenido de ese tipo y, por la lógica del algoritmo, recibir más de lo mismo.
Aun así, los hallazgos preocupan. El mismo grupo de adolescentes reportó también una mayor exposición a material catalogado como “maduro”: comportamientos de riesgo, daño o crueldad. En ese caso, el contenido representó 27% del feed de los jóvenes más vulnerables, frente a 13.6% del resto.
La falla del sistema de control
Uno de los puntos más delicados del informe es que los mecanismos de detección automática de contenido riesgoso (las herramientas que deberían proteger a los menores de publicaciones potencialmente dañinas) apenas identificaron 1.5% de ese material. En otras palabras, casi 98.5% del contenido sensible pasó inadvertido.
Meta respondió que está revisando los filtros y que implementará nuevas medidas, incluyendo lo que denomina un “estándar PG-13” para adolescentes, con más controles de edad y menos exposición a material considerado “no apto”.
El concepto de contenido “adyacente a trastornos alimentarios” no se refiere a publicaciones que promuevan abiertamente la anorexia o la bulimia (las cuales están prohibidas por las normas de Instagram), sino a una zona gris: fotos, reels o historias que exaltan cuerpos ultradelgados, dietas restrictivas o comparaciones corporales. En apariencia son inofensivas, pero pueden reforzar patrones dañinos.
Una lista de ejemplos del estudio incluye:
- Videos de “qué como en un día” con calorías contadas.
- Reels de transformación corporal “antes y después”.
- Fotografías que asocian el éxito o la felicidad con la delgadez.
- Comentarios de influencers que juzgan la apariencia física de otros usuarios.
Meta sostiene que este tipo de publicaciones no siempre infringen sus políticas, pero que ahora trabaja en “mejorar los modelos de clasificación” para detectar riesgos incluso en casos sutiles.
Adolescentes, imagen corporal y redes
Los resultados del informe no sorprenden a los especialistas. Desde hace más de una década, estudios de universidades como Harvard y Stanford advierten que la exposición constante a imágenes idealizadas puede afectar la autoestima y la relación con el cuerpo, especialmente en jóvenes mujeres.
En México, la Secretaría de Salud estima que 1 de cada 10 adolescentes muestra conductas de riesgo vinculadas con la alimentación, y que la presión social es uno de los factores más relevantes. Además, el 41% de las chicas entre 15 y 19 años ha intentado modificar su cuerpo por motivos estéticos, según el último reporte del Instituto Nacional de Psiquiatría.
Las redes sociales amplifican ese fenómeno. Los algoritmos de recomendación (diseñados para mantener la atención del usuario) tienden a mostrar más de aquello con lo que se interactúa. Así, un simple “me gusta” en un video de dietas puede multiplicar la exposición a ese tipo de contenido.
Expertos en salud digital señalan que no basta con prohibir publicaciones extremas: también es necesario comprender cómo el diseño del sistema promueve patrones de consumo que, de forma acumulativa, pueden ser perjudiciales.
Algunos países europeos ya discuten regulaciones que obliguen a las plataformas a ofrecer “modos adolescentes” con algoritmos menos dependientes de la interacción previa y más centrados en contenidos neutrales o educativos.
Un llamado a revisar el modelo
Meta insiste en que los resultados de su investigación deben verse como parte de su compromiso por comprender la experiencia de los jóvenes, no como una admisión de daño. Sin embargo, el informe vuelve a abrir un debate incómodo: el algoritmo que sostiene gran parte del negocio publicitario de Instagram también determina qué ven los adolescentes, cuánto tiempo pasan conectados y cómo se sienten consigo mismos.
La discusión no sólo compete a las plataformas. Marcas, agencias y creadores que apuntan a audiencias jóvenes deberán revisar el tipo de mensajes que promueven. En un entorno donde la exposición visual tiene un poder amplificado, la línea entre inspiración y presión social puede ser muy delgada.
*MERCA 2.0

