“Lo único que me falta es meter un gol en la luna”. Lo dijo cuando la FIFA le festejó sus 80 años. Lloró. Su esposa Marcia le pasó un pañuelo. “Es de alegría por todo lo que he logrado”, dijo Edson Arantes do Nascimento. El balompié lo hizo rey. Un compañero de escuela durante su infancia en su natal Tres Corazones (Minas Gerais, Brasil) le puso el apodo: Pelé. Unos años después pronunciarlo sería como decir Futbol. En los albores de su vida y la pobreza, empezó a patear un calcetín viejo relleno de papel periódico, siguió con una toronja y luego con un melón, al enterarse que el balón oficial del futbol es un poco más grande que el cucumis melo, y hasta llegar al profesional de 70 centímetros de circunferencia y casi medio kilo de peso. El cáncer fue el único contrincante que no pudo eludir en esa vasta e inescrutable cancha de la vida: le arrebató el balón y lo expulsó para siempre del jogo bonito. Fue el penúltimo día del 2022. Tenía 82 años y en su traslado en un camión de bomberos, con su féretro envuelto en las banderas de Brasil y el Santos, entre aplausos y vítores, cientos de miles de aficionados apostados a los lados de las calles le dieron el último adiós. Su cortejo fúnebre fue transmitido por televisión y la gente tocaba la pantalla para estar cerca de O Rei. Y es que Pelé seguirá siendo la definición inherente a la palabra futbol, la quintaesencia del balompié, magia e inventiva en cada toque del balón, sinfonía de samba cuando cruzaba el campo de juego y evadía a uno y a otro de los contrarios. El primer negro en un deporte reservado para los blancos y que todos lo vieron en México 70 con el estreno de la televisión a color pintando jugadas inéditas. El mundo descubrió entonces a “un loco bajito de color” que había debutado 14 años atrás con el Santos y que desde entonces marcó la portería del rival. Ganó en México y con tal brillantez que uno de los mejores elogios a su actuación fue del defensa italiano Tarciso Burgnich, responsable de la marcación individual en la final: “Antes del partido me dije a mí mismo: está hecho de piel y huesos, como todos nosotros –dijo el futbolista italiano apodado La roca–. Pero me equivoqué”. Acompañado por el mundo en su llanto, Pelé se despidió del futbol con el Cosmos de Nueva York en 1977, contra el Santos. Jugó un medio tiempo con cada equipo: el que lo vio nacer y con el que se consagró como astro. 45 años después, se despidió del mundo. Atrás había quedado una biografía trazada a ritmo de gol: uno cada cinco días durante 21 años de hacer poesía con los pies. Marcó mil 279 goles en mil 363 partidos. Ganó todo lo ganable. En Santos, Brasil, el 19 de noviembre se celebra el Día de Pelé. Aunque nunca le gustó el apodo, agradecía a su compañero de secundaria que lo bautizó. Contaba El Rey que le dio una trompada y lo suspendieron dos días de la escuela. No quería ese alias porque en portugués, Pelé suena como de bebé, dice. En cambio, Edson le suena como Edison, el inventor de la ampolleta. Pero complacido decía que lo bueno es que la gente puede pronunciar Pelé en todo el mundo y en todos los idiomas y con Edson, los asiáticos tendrían problemas. A lo largo de los años, decía que aprendió a vivir con dos personas: una es Edson, el que se divierte con sus amigos y la familia, y la otra es Pelé, el futbolista, explicaba, como si hubiera necesidad de explicarlo. Sostenía que las expresiones racistas en los estadios no son de importancia y ponía como ejemplo lo que vivió cuando visitó canchas trasandinas: “Es una cuestión personal. Cuando jugué en Argentina, me decían negro sucio, macaco do Brasil, y no pasó nada. Eso es una bobada que debería ser olvidada. Tenemos millones de partidos por año, todos los días de la semana, y vemos un caso u otro”, afirmaba el futbolista de apodo Pelé y que para los aficionados al deporte más popular del mundo se deletrea, aún: D-I-O-S.

