Cómo vivir en Xalapa: La gente buena

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ALEJANDRO HERNÁNDEZMi ciudad está llena de héroes anónimos, de gente buena que se pone en el lugar del que sufre y hace lo que está al alcance de su mano para ayudarle, de gente con un alma hermosa que no lucra con el dolor ajeno, ni se pone la camiseta de filántropo para conseguir un cargo público, como cierta persona de la que no quiero decir su nombre, pero que quiere ser diputada otra vez.

El domingo pasado conocí a un grupo de esa gente buena que cree que hay que hacer y no nomás pensar en hacer. La mayoría eran mujeres y estaban detrás de unas mesitas de madera, en uno de los andadores del paseo de Los Lagos, y sobre ellas tenían todo tipo de cosas: pastelillos, pambazos, dulces, pasteles, flanes, etcétera. Todo lo habían elaborado con sus propias manos o lo habían comprado con su dinero. El producto de la venta de todo lo que estaba ahí, y de la rifa de otras cosas, también donadas o hechas por ellas, lo utilizarían para ayudar a solventar los gastos de los tratamientos de cáncer de dos niños, internados en el Instituto Estatal de Oncología, ambos pobrísimos y uno de ellos, además, abandonado a su suerte por su madre en ese hospital.

Un grupo de gente buena, sin siglas, sin partidismos políticos, sin más fin que el de ayudar desinteresadamente siempre es un ejemplo a seguir. Por eso la columna de hoy trata de ellas, y de sus esposos que discretamente sostenían una lona que avisaba a los paseantes lo que estaban haciendo; y de sus hijos, el de una de ellas en especial, un gordito de unos diez años, que de la manera más humana abordaba a las personas que pasaban, animándolas a comprar algo de lo que vendían mientras les decía para que ocuparían el dinero. No vi, de las personas a las que invitó mientras estuve ahí, a ninguna que se resistiera a la pureza de su intención.

La gente buena no sé si sea más que la gente mala, como dicen los que aseguran que “los buenos somos más”, pero de lo que sí estoy seguro es que es la que hace la diferencia en este mundo. La mayoría de esas mujeres se conocieron por un grupo de Facebook; en él intercambian recetas, se cuentan sus cosas, “echan el chal”, como se le dice hoy en día a chismear un poco, pero también se ponen de acuerdo para ayudar al prójimo.

Según lo que me dijeron a uno de los niños a los que están ayudando le tienen que comprar un implante ocular, pues perdió uno de su ojitos por el cáncer y corre el riesgo de que se cierre la cavidad ocular. No sé cuánto dinero significa eso, ni si lo que sacaron de la venta de ayer alcanzará para comprárselo, pero lo que sí sé es que su deseo de ayudar es tan real, tan legítimo, que lo van a conseguir.

Nunca, en los casi diez años que tiene de vida esta columna, había pedido la cooperación de mis lectores para ningún grupo de ayuda, pero vi tanta honestidad en esas mujeres que me permitiré poner un teléfono por si alguien se quiere comunicar con ellas y cooperar con lo que hacen.

La gente buena existe, y es la que hace la diferencia entre un mundo hostil, como el que estamos construyendo con nuestra indiferencia y nuestro materialismo, y un mundo al que todavía se le puede volver un mejor lugar para vivir.

Para ayudar a la causa de estas mujeres se pueden comunicar con Carolina Díaz, al teléfono 2281147263.  Comentarios: motardxal@gmail.com