Mi ciudad ha cambiado tanto que ya casi nadie recuerda que antes los cines estaban en el centro de la ciudad y no en los centros comerciales. Ahí acudían las familias enteras los domingos y las funciones eran de permanencia voluntaria y daban dos tandas —películas— por un boleto. De eso me estaba acordando hace rato que miraba el calendario y caía en cuenta que apenas la semana pasada fue el Día del del Amor y la Amistad, el cual, en mis tiempos, era fecha obligada para tener una novia y para, por supuesto, invitarla al cine.
¡Ah! Qué nervios invitar por primera vez al cine a una chica cuando se tienen 16 años, de los de antes, cuando uno era más menso, bueno, más inocente que los chamacos de ahora.
Cuando yo tenía esa edad había pocas opciones para elegir: el cine Radio, que estaba donde ahora hay un estacionamiento, en Zamora, pero que había caído en desgracia y sólo iba pura broza de barrio a ver películas de ficheras y otras, del cine francés no aptas para cardiacos; el Variedades que estaba en Zaragoza y que tenía dos pisos, uno para “gente de razón” y otra para la “pelazón”. Ahí los de “razón”, que ni lo parecían, escupían a la “pelazón” y éstos se defendían mentándoles la madre, que aunque es algo que no lesiona sí duele. Como última opción quedaba el cine Xalapa, lugar para la “high life” xalapeña de aquel entonces y al cual uno sí podía, para quedar bien, llevar a su novia. Así lo hice yo un día aciago de un mes del amor y la amistad al principio de la década de los 80´s.
En aquel entonces yo hacía mi luchita con una compañera de la preparatoria; luchita, por cierto, infructuosa, pues la compañera en cuestión tenía un novio botijón que la había acaparado recién ella cumpliera los quince años. Ella me rechazaba pero yo gozaba de la amistad de su mamá y de sus dos hermanas, más chicas, y de cuando en cuando iba a tomarme un cafecito con ellas —y a ver cómo el botijón y mi adorado tormento se besaban en la sala cuando su mamá se descuidaba—. Como la cosa no caminaba a ninguna parte decidí olvidarme del asunto y seguí conservando la amistad de las hermanas —que siempre me daban galletitas de vainilla con el café—. La debacle vino un día en que, no sé por qué demonios —iba a poner chingaos pero me arrepentí—, se me ocurrió invitar al cine a la hermana de en medio —que era la menos agraciada de la familia y pintaba para solterona—. Vimos una película medio aburrida, comimos palomitas de la misma bolsa —refresco sí teníamos cada quien el suyo— y, una vez acabada la función, regresamos caminado tranquilamente a su casa. Lo que no les he dicho es que el papá de ellas era un trailero celosísimo que todo el tiempo se la pasaba en la carretera, razón por la cual no sabía de mi existencia —ni de mis tertulias con sus hijas en la sala de su casa—, y que, ese día precisamente, había regresado sin avisar porque su tráiler se le había descompuesto. El caso es que llegó, pasó revista al personal y se enteró que una de sus hijas había salido sola con un imberbe adolescente al cine. Enterado de tales anomalías subió a su esposa al auto familiar, subió a las otras dos hermanas, subió al botijón —que ahí estaba como todos los domingos—, se subió él y fueron a buscarnos. La hermana de mi amiga y yo caminábamos muy quitados de la pena por Ávila Camacho cuando ella se dio cuenta que su papá le pitaba desde la acera de enfrente.
— ¡En la torre, mi papá! —me dijo alarmadísima.
— ¡No chingues! —le contesté alarmadísimo también; a lo buey, pues no estábamos haciendo nada malo.
— ¡Ora sí se nos armó! —Me dijo ella— vas a tener que hablar con él.
Por “hablar” entendí que tenía que decirle que habíamos ido al cine y que si nos habíamos tardado había sido porque yo ya no traía para el taxi. Ella no sabía eso —le había dicho que la noche estaba bonita para caminar—, pero ya no estaba la situación para apariencias.
— Ah sí, yo le explico, no te preocupes —le dije con una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, porque el hombre tenía un aspecto de Mr. T cruzado con rottweiler.
En esas estábamos cuando del auto descendió una de las hermanas —la que me gustaba— y nos dijo que su papá estaba que no lo calentaba ni el sol; luego tomó a su hermana del brazo y caminaron unos dos pasos, se dijeron frases en clave que no entendí: “Pues ya estaría de Dios que quedara en la familia”, “¿crees que no se raje a la mera hora?”, “más le vale que no”, etcétera, luego se dio la vuelta, se subió al auto y se fueron.
— ¿Qué pasó? —le pregunté ansioso.
— En el camino te cuento, camínale —me dijo ella.
Anduvimos unas cuantas cuadras y no me contó nada. Ya casi para llegar a su casa me dijo con unas lágrimas en los ojos bastante teatrales:
— Asume tu responsabilidad y no me vayas a decepcionar.
— No te preocupes, no te fallaré —le dije, ya involucrado en una situación por demás fuera de lugar y, como quien ha cometido un sacrilegio y sabe que debe recibir un castigo, me dispuse a enfrentar lo que viniera. No pude evitar sentir que me habían puesto una trampa.
Cuando entramos a su casa el trailero me dijo, sin dejarme hablar, que ya sabía que yo pretendía a su hija, que su madre ya lo había puesto al tanto y que por lo que sabía yo no era mal muchacho; que tuviera mucho cuidado, que me portara bien y que no le “faltara” a la chamaca. Para terminar, con la mamá, las hermanas y el botijón —que malamente se aguantaba la risa— de testigos, me dio su bendición. Para cuando me despedí era novio de la hermana de la chica que me gustaba, tenía autorización del papá de seguir yendo a tomar el cafecito de vez en cuando y no había dicho ni siquiera “esta boca es mía”.
Si hubiera hablado, mi “novia” y yo nos hubiéramos ahorrado la escenita de que ella me encontrara, dos semanas después, cenando con una amiga —que sí me gustaba y era menos aburrida— en una taquería; yo hubiera seguido yendo, sin compromisos, a tomar café con galletas de vainilla a su casa y, quizá, cuando el botijón abandonó la plaza tres años después, yo hubiera tenido un chance con mi compañera de prepa. Pero esas, por no abrir el hocico a tiempo, fueron historias que nunca se escribieron.

